Haciéndose mayor...
La vida se ha vuelto demasiado seria. Ya no es un cuento, ni un papel a elegir según el día... se acabó el "qué importa" y cobró peso. No cabe el capricho, la ensoñación, la pérdida de tiempo.
Ahora hay decisiones transcendentes, horarios, responsabilidades. No hay sitio para los accesorios. No vale el coqueteo con las cosas, con los momentos. Ya no se juega. Y sin embargo toca jugar (y jugársela) más que nunca.
Es otra dimensión. La de construir, la de apilar adecuadamente.
Hasta ahora, hay que reconocerlo, ¿qué? Un tira y afloja, un ensayo prueba-error, una tómbola... nada era suficientemente grave. La pata se sacaba de dónde se había metido, se recuperaba uno de las bofetadas y de las resacas (qué tiempos aquellos) y santas pascuas. Es cierto, sí, que el carácter se iba moldeando... ganabas escepticismo, incredulidad... anidaba el sarcasmo poco a poco y la decepción. Pero bueno... ahí estabas. ¿Qué más da? Al fin y al cabo siempre había otra fiesta.
Ahora la fiesta es una reunión. Y las bofetadas, tumban.