Slava's
Unas palabras antes de dormir para inmortalizar este momento. Calderón lleno. Espectáculo de los espectáculos. El Slava's Snowshow. Un reto expresar lo que ha sido, lo que ha supuesto para mí. Se trata de un espectáculo de clowns, pero no es una actuación más. Es la magia, el buen gusto, el arte materializado. Es la perfección, el trabajo bien hecho, la originalidad, la ternura. Poco a poco te va calando y en mí ha conseguido tocar cada una de mis terminaciones nerviosas, toda la sensibilidad que llevo dentro. Dejarla en carne viva y acariciarla suavemente. El Slava's no es un espectáculo. Es real. Tras la nariz roja no hay un hombre. La sensación es la de entrar en un mundo surrealista, pero a la vez más real y auténtico que nosotros mismos, espectadores, que adoptamos ese rol desde que cruzamos la puerta y el acomodador nos rompe la entrada.
La puesta en escena es grandiosa, la interacción con el público, que roza lo desquiciante, se hace especialmente divertida, y deseas que aquello no pare nunca. Una panda de locos que se lanzan al patio de butacas para recorrerlo caminando con sus zapatones sobre los respaldos restauradísimos de un Calderón con mucha solera, que ha visto de todo. De todo menos esto. Pero que seguramente nunca se haya sentido tan teatro como ahora, en un despliegue de efectos, de luces, que lo hacen parecer grandioso. De pronto nieva sobre el auditorio, el agua salta, payasos robando bolsos a señoras setentonas, y abrazos a calvos de segunda fila. Una gran tela de araña ha cubierto un jardín de brazos durante unos minutos, y esferas etéreas flotaban sobre las cabezas mientras una lluvia de pompas de jabón caía sobre un escenario repleto de hechizo, de encanto.
El final, inexplicable. No lo tuvo. Ellos seguían. No tenían prisa. Éramos nosotros los que nos íbamos. Aquél era su mundo. Un mundo que no ha terminado cuando se cerró el telón, porque no había telón. Y por unos segundos, en medio de esta locura, he sentido la belleza y esto es algo que sólo pueden lograr transmitir los artistas, los poetas, y... claro está, los que la aman. Gracias Polunin, por una noche imborrable.